martes, 13 de marzo de 2007

Alimentación infantil: dieta equilibrada.

Ya ha pasado el primer año y el pequeño ha dejado la lactancia materna en la mayoría de los casos. Ahora, de pronto, parece que nuestro hijo cambia su conducta alimentaria y pierde interés por los alimentos y por alimentarse. Aunque es un cambio que preocupa a los padres, se considera completamente normal, sólo hay que observar y tener en cuenta algunos consejos.
Hasta el momento el lactante comía de maravilla, a demanda y con las cantidades suficientes como para ir creciendo, cogiendo peso y tranquilizando a sus papás. Ahora ha cambiado o bien no quiere comer como antes o en prefiere concentrarse más en unas comidas que en otras. Si al final el consumo calórico global es normal, no exista ningún motivo de preocupación, sus necesidades cambian.
Cuando el bebé ha cumplido su primer año de edad, su crecimiento y la maduración de sus funciones metabólicas y digestivas frenan el ritmo que tenían hasta ahora. Por eso las necesidades calóricas también son menores aunque las proteicas se incrementan, ya que aumenta el crecimiento de músculos y tejidos en el cuerpo de nuestro pequeño. Estos cambios son normales y lógicos por lo que no se debe adoptar ante su llegada, ninguna norma nutricional rígida sino favorecer los cambios teniendo en cuenta los gustos de estro hijo que poco a poco los va a ir expresando, además también es bueno valorar en esta etapa la actividad física y social del pequeño y cómo va a influir inevitablemente en su interés o atracción por los alimentos.
Según señala la propia Organización Mundial de la Salud, es recomendable ingerir más o menos una 1.300 kilocalorías al día, con una aporte de proteínas en torno al gramo por cada kilogramo de peso al día y de estas proteínas, un 65% tiene que ser de origen animal porque son más ricas en aminoácidos esenciales (huevos, lácteos, carnes y pescados), las proteínas de origen animal tienen sus ventajas y sus inconvenientes a la hora de ser consumidas, como ventaja está su alto valor biológico, pero como inconveniente hay que destacar su capacidad para vehiculizar hacia nuestro organismo grasas saturadas. También hay que valorar la digestibilidades y la calidad de las proteínas por lo que se debe plantear un balance, un equilibrio entre las de alto y bajo valor biológico. Las proteínas vegetales suelen tener en general bajos contenidos en aminoácidos esenciales y su menor digestibilidad. Sí es cierto que la proteína de la soja, de origen vegetal, sin embargo se comporta como si fuera de origen animal aunque su contenido de aminoácidos azufrado es más reducido y sí podría emplearse como una fuente protéica completa.
Un exceso de proteínas es innecesario para el pequeño y le generaría una sobrecarga renal, además si en esta primera fase de la alimentación de nuestro hijo marcamos las bases sobre una alimentación hiperprotéica será un hábito que el niño continuará a lo largo de su vida y que es considerado por muchos autores como un factor etiológico de las enfermedades degenerativas en la edad adulta.
Aunque ya no sólo se alimente con leche, las necesidades de calcio en los primeros años continúan siendo de unos 500 mg. al día.
Hay que plantearse la necesidad de que la dieta sea variada para una correcta alimentación, pero también hay que recordar que nuestro pequeño sigue teniendo dificultades para masticar determinados alimentos y a veces, de motu propio, se niega a admitir algunos nuevos. Suele ser eficaz ofrecer distintas alternativas siempre sin forzar y siempre que la dieta continúe siendo equilibrada y no hay motivos de preocupación si la comida que un día ingiere con normalidad no la quiere probar dos días después. Es más que recomendable no premiar a los niños con chocolates ni chucherías por el riesgo de sobre alimentación que esto conlleva y a la larga de posible sobre peso.
Es aconsejable acostumbrar a nuestro hijo y a nosotros mismos a realizar las comidas en familia o con otros niños pero siempre lejos de la influencia de la televisión y no fomentar la ingesta de alimentos a deshora. La distribución de la dieta debería organizarse en el 25% para el desayuno, el 30% en la comida, el 15% en la merienda y el 30% restante para la cena.

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