Las discusiones con adolescentes las carga el diablo

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Cuando discutimos con el adolescente que tenemos en casa sabemos dónde empieza esa discusión pero a veces no sabemos cómo y nunca sabemos cuándo acabarán.


Ellos están cargados de energía y la canalizan con astucia, supongo que las horas de videojuego les ayuda a perfilar sus estrategias por lo que la discusión puede ser más larga que un día sin pan, que diría mi abuela y nosotros tenemos la cabeza en mil historias así que nos dispersamos, nos agotamos y a veces hasta nos rendimos, sí aunque no nos guste reconocerlo.

Las discusiones con un adolescente pueden aparecer de repente como un seísmo o pueden llevar cociendo a fuego lento desde hace tiempo porque el adolescente no deja de ser una persona, con pocos años y una bomba de hormonas recorriendo su cuerpo pero una persona como nosotros y cada uno explota cuando el humor le abandona.

Las discusiones con un adolescente ponen a prueba nuestra paciencia infinita, nuestra capacidad negociadora, nuestra flexibilidad de junco en la selva, nuestra imaginación para buscar soluciones, nuestra creatividad para dar la vuelta a los argumentos, nuestra manga ancha para olvidar lo que merezca ser olvidado y nuestra rigidez para poner punto y final cuando llega el momento.

Porque discutir con un adolescente es un pulso que ellos están obligados a echarnos pero que nosotros no siempre estamos obligados a ganar. 

Nosotros sí estamos obligados a enseñarles, a educarles, incluso cuando discutimos con ellos y eso no se nos debería olvidar nunca aunque sí, lo sé, todos somos humanos y todos cometemos errores.

Crucemos los dedos porque nuestros errores sean pequeñitos y sobre todo fácilmente solventables.


Discutir es agotador


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Discutir con un adolescente puede ser el pan nuestro de cada día porque es cierto que a veces hablar con un adolescente, desde fuera, suena a discusión constante desde que la leche no le gusta hasta que llegó tarde ayer de estar con sus amigos, pasando porque no tiene nada que ponerse o lo que tiene no le queda bien o que no ha hablado suficiente tiempo con ese amigo o amiga o que hace mal tiempo o que los pájaros cantan y las nubes se levantan.

Los motivos pueden ser de lo más diverso y es mejor no siempre buscarles la lógica porque no siempre la tienen.

Y es que la discusión con un adolescente a veces es un fin en sí mismo, a veces no nos lleva a ningún sitio, a veces es como abrir una botella de champán en la fórmula uno y todo el líquido se pierde en la espuma y después nada, no hay nada, no queda nada, ni reproches ni rencores. A veces discutir con un adolescente es como pasar la gripe aviar, estás hecho polvo en el momento del conflicto pero una vez que se supera aquí paz y después gloria… hasta la próxima.

Fácil no es y evitarlo es lo más sensato pero no siempre se consigue a pesar de que muchos padres y madres desarrollamos una técnica ninja de eludir los encontronazos que nos hace evitar muchos, muchísimos, aunque no todos, eso es verdad.

Y en cualquier caso, no nos olvidemos dos aspectos fundamentales:


  1. la adolescencia es un espacio temporal que a nosotros como padres se nos hace eterno y en el que nuestros hijos parece que estuvieran naufragando continuamente por más que les echemos salvavidas, flotadores, corchos... ¿o quizás sea un poco también por eso?
  2. la adolescencia como espacio temporal ya la hemos pasado también nosotros y hemos sido tan guerrilleros, tranquilos, insidiosos, susceptibles y “toca narices” como puede que lo sean ahora nuestros hijos; algunos hablan de karma yo sólo veo evolución humana y algo de olvido por nuestra parte, lo normal en estos casos ¿no les parece?

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